Granada, 4/1/1339 C. –15/1/1391 C. Emir de al-Andalus , octavo sultán y el mayor de la dinastía de los Nazaríes de Granada (precedido por Yūsuf I y Muḥammad VI y sucedido por IsmācẒl II y Yūsuf II), con el que alcanzó el cenit del esplendor.
Nació en la madrugada del 22 de íumādà II 739/4 de enero de 1339 en la Alhambra, cuando su joven padre, el emir Yūsuf I (1333-1354), contaba solo veinte años de edad y cinco de gobierno. Su madre fue una esclava de este emir llamada Butayna, que también dio a luz a
iŠa. Además de esta hermana, Muḥammad V también tuvo otros siete hermanos que su padre engendró con otra mujer, su esclava Maryam, que fueron dos varones (IsmācẒl y Qays) y cinco mujeres (Fāṭima, Mu’mina, JadẒía, Šams y Zaynab).
El asesinato de su padre Yūsuf I en la fiesta de ruptura del ayuno, el primero de Šawwāl de 755/19 de octubre de 1354, llevó repentinamente al trono a Muḥammad V con escasos dieciséis años. Adoptó el laqab (sobrenombre honorífico) de al-GanẒ bi-[A]llāh, el Satisfecho con Dios, en 769/1367 tras las victorias consecutivas en las campañas de Utrera, Jaén y Úbeda. Además, las crónicas cristianas lo denominan Lagus, derivado del árabe al-cAíūz, el Viejo, nombre que recibiría a pesar de su juventud por su largo reinado y para distinguirlo de su nieto, llamado también Muḥammad (VII) (1392-1408).
Su largo periodo de gobierno, el más esplendoroso y floreciente de toda la dinastía, fue interrumpido por el destronamiento de su hermano IsmācẒl II (1359-1360) y su primo Muḥammad VI el Bermejo (1360-1362). Esta interrupción marca un hito que separa dos etapas claramente diferenciadas en las que se puede dividir su vida: la primera, que abarca su primer reinado y el exilio (hasta 1362), y la segunda, que se extiende desde la recuperación del trono hasta su muerte en 1391.
Aunque cuando Muḥammad V fue proclamado se hallaba próximo a la mayoría de edad, todavía no la alcanzaba y su minoridad fue tutelada por el poderoso ḥāíib o chambelán de su padre, Riḍwān, que también había ejercido este importante cargo con su tío Muḥammad IV (1325-1333), al que, además, había educado por encargo de su padre IsmācẒl I (1314-1325). Este visir, liberto de origen cristiano que había sido hecho cautivo de niño y educado como musulmán en palacio, ostentaba, además del poder civil, la jefatura del ejército andalusí y a partir de este momento tomó completamente las riendas del Estado. Sus ya demostradas cualidades para la administración y capacidad de gobierno proporcionaron a al-Andalus paz y tranquilidad durante los cinco años de este primer reinado del emir, a lo que también contribuyó sin duda el entendimiento con el otro hombre fuerte del emirato, el jefe de los voluntarios de la fe, el Šayj al-guzāt Yaḥyà b. cUmar b. Raḥḥū. Con el genial Ibn al-JaṭẒb, colaborador de Riḍwān, se completa la tríada dirigente que supo conducir con acierto la administración y la política del emirato, al que le proporcionaron seguridad y estabilidad.
Junto a las cualidades físicas y morales que solían caracterizar a los sultanes de la dinastía (belleza, complexión proporcionada, bondad, fe sincera, buenas costumbres, paciencia, generosidad, afición a los caballos y torneos), se distinguió por su costumbre de frecuentar las calles y la proximidad al pueblo y solía elevar a los súbditos de valía aunque fueran de condición humilde.
Una de las primeras medidas que el nuevo sultán adoptó fue recluir a su hermano IsmācẒl, junto con la madre y hermanas uterinas de este, en uno de los palacios de su padre, un suntuoso y confortable alcázar que se hallaba cerca de la Casa Real, donde fueron tratados con generosidad. Sin duda, emir y visir eran conscientes de la amenaza que suponía la frustración de las aspiraciones emirales del que hasta hacía poco tiempo había sido oficialmente príncipe heredero, peligro que se verificaría mucho más real e inmediato de lo que preveían, como se verá enseguida.
En cambio, liberó a su tío IsmācẒl (hijo de IsmācẒl I y hermano de su padre Yūsuf I, al que este había encarcelado) y se casó con su hija, con la que posteriormente su hermano IsmācẒl II (1359-1360) también se casaría, tras divorciarla judicialmente, aprovechando el exilio de Muḥammad V en Fez.
En política exterior, Muḥammad V concertó un nuevo acuerdo con el rey castellano Pedro I el Cruel por el que se obligaba al pago de tributos. Con Aragón, en cambio, las relaciones fueron más conflictivas y hubo incidentes fronterizos y ataque de naves mallorquinas a costas nazaríes. En cuanto al sultanato de los Benimerines del Magrib Occidental, intentó mejorar las relaciones y envió a Fez en 755/1354 al eminente Ibn al-JaṭẒb, pero la ambición del sultán benimerín, Abū cInān, que en el fondo aspiraba a apoderarse de al-Andalus, impedía un acercamiento estable; a pesar de ello y algunas fricciones, Muḥammad V entró en el tratado de paz que firmaron Pedro IV de Aragón y Abū cInān, quien llama “nuestro hijo” al emir granadino, el 27 de rabẒc II de 18 de abril de 1357 por un periodo de diez años.
De esta manera, Granada se encontraba perfectamente situada en un punto de equilibrio en el contexto internacional que, sin embargo, no duró mucho, pues con la guerra entre Castilla y Aragón desencadenada en 1358, Muḥammad V, como vasallo de Castilla, debió alinearse con Pedro I y facilitarle naves y puertos como el de Málaga, además de enviar fuerzas por tierra contra Aragón. A pesar de ello, Pedro IV de Aragón no dio por rota la tregua e intentó recuperar la paz con el emir nazarí, detener su apoyo a Pedro I y conseguir su neutralidad.
A nivel interior, Muḥammad V debía proseguir la labor de su padre y antecesor en el desarrollo del Estado e intentar superar las consecuencias que todavía se sufrían de la gran peste de 1348.
Cuando la situación exterior e interior estaban ya en un proceso avanzado de asentamiento y estabilización, se produjo de nuevo la catástrofe en forma de golpe de Estado que destronó a Muḥammad V y entronizó a su hermano IsmācẒl. La madre de este, Maryam, mujer intrigante y ambiciosa, no se resignaba a esta relegación de su hijo y se dedicó a conspirar e instigar a su yerno el arráez Abū SacẒd para que urdiera un complot que derrocara al joven Muḥammad V y entronizara a su hijo IsmācẒl. Este arráez (futuro Muḥammad VI el Bermejo), era primo segundo de Muḥammad V y de IsmācẒl y, además, se había casado hacía años con una de las hermanas de este último, hija de Yūsuf I y de la mencionada Maryam. Esta última utilizó las cuantiosas riquezas del tesoro real de las que se había apoderado el día que murió Yūsuf I, para financiar la operación.
La sublevación tuvo lugar una noche de verano, el 28 de ramaḍān de 23 de agosto de 1359. Aprovechando la oscuridad, alrededor de un centenar de conjurados reunidos entre los descontentos y codiciosos de poder y dirigidos por el arráez, escalaron los muros de la Alhambra y redujeron a la guardia. Una vez en el interior de la fortaleza, un grupo de ellos se dirigió con antorchas y griterío a la casa del visir Riḍwān, derribaron sus puertas, lo mataron en su lecho y se apoderaron de sus riquezas. Mientras tanto, el otro grupo liberó de su reclusión y proclamó al que se convertía entonces en IsmācẒl II y lo condujo, subido a caballo, hasta el palacio real.
Por fortuna para su vida, Muḥammad V no se encontraba en la Alhambra sino que se hallaba con su todavía único hijo, un niño de corta edad, de camino a su residencia del Generalife para descansar. Ello le permitió huir, perseguido por los sublevados y dejando a su hijo y familia atrás, para ponerse a salvo en Guadix, adonde llegó a la mañana siguiente. Allí fue instalado en la alcazaba por el jefe de los voluntarios de la fe magribíes de la ciudad,, y la población le prestó la ayuda y el apoyo con los que pudo resistir a los ataques que lanzó contra él IsmācẒl II.
Aislado y rodeado por su hermanastro, pidió ayuda a Pedro I, pero el rey castellano estaba sumergido en la guerra civil con los Trastámara, que contaban con el apoyo aragonés, y necesitaba la paz con el emirato andalusí y disponer del litoral nazarí en la lucha contra Aragón, por lo que optó por reconocer a IsmācẒl II y firmar un tratado con él.
Ante ello, Muḥammad V solicitó asilo al sultán meriní, que aceptó acogerlo en su corte con la intención de debilitar el Gobierno nazarí y a los príncipes meriníes disidentes refugiados en Granada. El 4 de noviembre de 1359 abandonó Guadix acompañado de numerosos y destacados personajes así como de su visir Ibn al-JaṭẒb, que había sido liberado por IsmācẒl II a petición del sultán Abū Sālim y se había reunido con “el destronado” en Guadix.
Tras pasar por Loja, Antequera y Coín, embarcó en Marbella hacia Ceuta el 16 de noviembre de 1359 y llegó a Fez el jueves 28 de noviembre de 1359. Un año después, se les permitió trasladarse también a Fez al hijo de Muḥammad V y la madre del niño acompañados de algunas de sus sirvientes, que desde Málaga tomaron un barco a Ceuta y llegaron a la capital meriní el 25 de noviembre de 1360.
Mientras tanto, en Granada, IsmācẒl II había sido depuesto y asesinado por el mismo que lo había llevado al trono, su primo segundo Abū SacẒd el Bermejo, que se convirtió en Muḥammad VI el 13 de julio de 1360. La alianza del nuevo emir con Aragón y su ruptura con Castilla, a la que dejó de pagar tributo, provocó que Pedro I tuviera que firmar la paz con Aragón para combatir a Muḥammad VI el Bermejo y apoyar a Muḥammad V desde finales de 1361. Varios ataques castellano-meriníes a las costas andalusíes forzaron al Bermejo a pedir diez naves a Pedro IV de Aragón para repeler el ataque conjunto.
Al mismo tiempo, contando ya con el apoyo castellano además del meriní (obtenido por presiones de Pedro I), Muḥammad V partió de Fez la mañana del sábado 21 de agosto de 1361 para regresar a al-Andalus, donde se instaló en Ronda aprovechando que la plaza se encontraba entonces bajo control meriní. Empezó a gobernar la comarca rondeña y nombró algunos cargos para su administración mientras recuperaba el trono.
Una vez instalado, Muḥammad V se unió con Pedro I de Castilla para realizar una serie de ataques a diversos lugares del emirato nazarí con la esperanza de sumar partidarios y comarcas a su causa. Así, en 1361 derrotaron a las tropas granadinas en Belillos y las persiguieron hasta Pinos Puente, aunque ningún nuevo partidario se sumó a su causa.
Meses más tarde, las fuerzas de Pedro I fueron ampliamente derrotadas en Guadix frente a las tropas de Muḥammad VI el sábado 15 de enero de 1362.
Poco después, 26 de febrero de 1362, Muḥammad V se reunió de nuevo con Pedro I en Casares para atacar Iznájar y entrar en Coria, pero la ambición del rey de Castilla por quedarse con las plazas conquistadas provocó el desacuerdo del nazarí, que, consciente de lo inaceptable para los musulmanes de esta entrega al castellano, abandonó la empresa y se retiró a Ronda el 5 de marzo para seguir la lucha en solitario. Pedro I continuó la guerra y en solo dos campañas en ese mismo año de 1362 se apoderó de Cesna (Fuentes de Cesna), Sagra (recuperada enseguida por los nazaríes), Benamejí, El Burgo, Ardales, Cañete (la Real), Turón, Cuevas (del Becerro) y otras fortalezas, además de Iznájar.
Por su parte, Muḥammad V tomó diversos lugares de la Algarbía en su camino hacia la entrada en Málaga, tras la que se le entregaron otras poblaciones de la zona.
El avance parecía imparable y las noticias de estas conquistas provocaron el descontento de la población, que veía cómo el enfrentamiento de los dos emires ocasionaba la pérdida del territorio. Incapaz de resistir el avance, Muḥammad VI huyó de Granada llevándose lo mejor del tesoro real el 13 de abril de 1362 y fue a refugiarse con el Rey castellano pensando que podría ganarlo para su causa o ser admitido como vasallo.
La noticia de la huida llegó enseguida a Muḥammad V, que se apresuró a llegar desde Ronda a la capital y entró en la Alhambra antes de que pasaran tres días, al mediodía el 16 de abril de 1362.
Una vez recuperado el Trono, recibió apenas dos semanas después la prueba definitiva del final de la usurpación: Pedro I, tras matar a Muḥammad VI en Sevilla el 27 de abril de 1362, le envió su cabeza y la de treinta y siete de sus seguidores, que el emir granadino colgó en el muro de la Alhambra por el que escalaron los sublevados para derrocarlo, apenas tres años antes.
El regreso de su hijo primogénito Yūsuf, que se había quedado en Fez con su séquito, fue conflictivo, pues el nuevo sultán meriní Abū Zayyān inicialmente lo retuvo para exigir a Muḥammad V la devolución de Ronda en contra de lo acordado previamente, pero luego le permitió regresar libremente. Así, un mes y medio después de que lo hiciera su padre, llegó a Granada acompañado del visir Ibn al-JaṭẒb el 14 de junio de 1362.
Este segundo reinado, de una gran duración (casi treinta años), fue el periodo de paz más largo que vivió en toda su historia el emirato naîrí. Muḥammad V, con veintitrés años a la sazón, entendió que los pilares de la prosperidad del Estado y de la consolidación interior de su autoridad se basaban principalmente en la paz exterior. Por ello, su política se dirigió a evitar la guerra con los estados vecinos una vez recuperada la línea fronteriza y conseguida una sólida posición defensiva. Pero, además, en este objetivo supo establecer las prioridades: aunque mantuvo buenas relaciones con Aragón, estas estuvieron generalmente supeditadas a mantener la paz y la alianza con Castilla, ya que este reino, mucho mayor y con afanes expansionistas, era la principal amenaza para al-Andalus.
En cuanto a su política norteafricana, con respecto a los Benimerines siguió la misma línea que sus predecesores consistente en debilitar e influir en el Gobierno de Fez para impedir su intervención en al-Andalus. Con este objetivo, estableció relaciones de amistad y colaboración con los Zayyāníes de Tremecén, tradicionales aliados de los Nazaríes y enemigos de los Meriníes. Lo mismo hizo con el otro estado magribí, el de los Ḥafîíes de Túnez: buenas relaciones diplomáticas aunque sin colaboración material por la mayor distancia.
En política interior, convirtió este periodo en la época dorada de la dinastía.
Muḥammad V tenía poderosas razones para mantener una relación preferente con Castilla frente a Aragón: la primera le había ayudado a recuperar el Trono, mientras que el segundo había colaborado con el usurpador Muḥammad VI el Bermejo. Por tanto, cuando se reanudó la guerra civil por el trono que enfrentaba a Pedro I con su hermano bastardo Enrique de Trastámara, al que ayudaba Pedro IV de Aragón, el emir naîrẒ mantuvo su alianza con Pedro I, a pesar de que el monarca aragonés intentó pactar con Muḥammad V.
Así, Pedro I recibió la ayuda nazarí en la guerra, concretada en el envío de un contingente de seiscientos caballeros que colaboraron en la conquista de Teruel en 1363, el mismo año en que Muḥammad V envió a Ibn Jaldūn a Sevilla como embajador cerca del Rey castellano para ratificar el tratado con los Meriníes.
Pero Enrique de Trastámara recurrió al apoyo de compañías de mercenarios franceses que cruzaron los Pirineos por Cataluña. La masiva concentración de tropas cristianas provocó la alerta de Muḥammad V, que vio la amenaza que se cernía sobre al-Andalus, en particular, un ataque aragonés a Almería y una invasión de las costas nazaríes por barcos cristianos. Ante ello, se preparó para defenderse y convocó el íihād (lucha en defensa de la comunidad) octubre-noviembre de 1365 e invitó a unirse al mismo a los diferentes estados magrebíes. La respuesta fue bastante favorable tanto por parte de Fez como de Tremecén, cuyo soberano, Abū Ḥammū II, le envió una elevada contribución en metálico además de víveres y un contingente de soldados.
Asumiendo el mando del ejército en persona, el emir de Granada llevó a cabo entonces una serie de campañas que tuvieron lugar en 13 de abril a 11 de mayo de 1366 contra varias fortalezas en la región de Ronda (conquista de El Burgo y de Priego). Poco después, a primeros [1] del mes de ramaḍān de ese año 12 de mayo de 1366, tomó Iznájar, en cuyas obras de reparación trabajó con sus propias manos.
A pesar de ello, Enrique II había seguido avanzando por tierra mientras los barcos aragoneses atacaban las galeras nazaríes. Para complicar aún más las cosas, en el interior Muḥammad V se encontró con el descontento por los impuestos extraordinarios para la guerra y tuvo que sofocar una sublevación dirigida por al-DalẒl al-BarkẒ a primeros de agosto de 1366 en favor de un pariente del sultán llamado cAlẒ b. Aḥmad b. Naîr, el cual acabó aherrojado y llevado a la alcazaba de Almería.
El sultán se vio forzado a reconocer al ya proclamado Enrique II y solicitar una tregua que a cambio de vasallaje le proporcionó paz y seguridad en la frontera y le permitió reconciliarse con Aragón, lo que se materializó en el tratado tripartito acordado el 10 de marzo de 1367 entre Pedro IV el Ceremonioso, Abū Fāris de Fez y Muḥammad V.
Sin embargo, Muḥammad V no llegó a ratificar este tratado porque las circunstancias políticas cambiaron repentina e inesperadamente y el conflicto castellano dio un nuevo giro. El antiguo soberano de Castilla, Pedro I, que se había refugiado en Francia, regresó y derrotó a Enrique II en Nájera en abril de 1367. Entonces Muḥammad V restableció la alianza con el rey legítimo, puesto que, además de razones de amistad y lealtad, este acuerdo fomentaba la discordia y debilitamiento de la poderosa Castilla.
El emir nazarí, aprovechó para fortalecer las fronteras y reconquistar las plazas que los castellanos habían ido arrebatando al sultanato en etapas anteriores, además de debilitar la frontera enemiga y obtener un cuantioso botín. Para ello efectuó una serie de expediciones militares en las que Muḥammad V se puso nuevamente al frente de sus tropas personalmente, pero también se plasmó en la reparación de veintidós fortalezas fronterizas abandonadas o que conquistó a los castellanos, además del refuerzo de las defensas de ciudades como Archidona. Junto a ello y a lo largo de su reinado, reforzó gran parte de las defensas del emirato y construyó otras nuevas, a lo que dedicó gran cantidad de dinero e impuestos; también atendió la marina y renovó la flota.
El 1 de mayo de 1367, asedió y tomó Utrera y su alcazaba. En septiembre de 1367 asedió y tomó Jaén, de la que sólo se retiró tras imponer a unos pocos refugiados en la segunda fortaleza de la alcazaba su demolición y la entrega de un rescate y rehenes. Un mes después, arrasó y saqueó Úbeda y su comarca a primeros de octubre de 1367. En la primavera de 1368, en colaboración con Pedro I, cercó Córdoba y taló la campiña de Jaén. En ramaḍān de abril a 8 de mayo de 1369 reconquistó Cambil y Alhabar, Rute, que costó un gran esfuerzo, Torre Alháquime y El Gastor. También se recuperaron otras fortalezas como Turón, Ardales, El Burgo, Cañete y Cuevas del Becerro.
Sin embargo, la plaza más importante que Muḥammad V tomó en todo este proceso de reconquista fue Algeciras, para lo que contó con la ayuda del sultán de Fez, cAbd al-cAzẒz, que le envió dinero y la flota de Ceuta para bloquear el puerto. Tras breve asedio, la guarnición capituló y entregó la plaza el 30 de julio de 1369; sus defensas fueron destruidas por Muḥammad V entonces o posteriormente, en 1378-1379, en prevención de una eventual conquista por cristianos (o meriníes).
A pesar de la muerte de Pedro I, todavía Muḥammad V emprendió una algazúa a mediados de octubre de 1369 para aliviar el asedio de Carmona, reducto petrista, por los partidarios de Enrique II, algareó los alfoces de Sevilla y saqueó Osuna y Marchena, donde se apoderó de una gran cantidad de bestias y enseres.
Al mismo tiempo, el emir asentó una alianza frente a Castilla con Fernando I de Portugal y firmó un tratado tripartito con Aragón y Fez el 17 de noviembre de 1369 por cinco años.
La reacción de Enrique II, que se dirigió con su ejército a la frontera, y la desaparición de la causa de Pedro I con su muerte, llevaron a Muḥammad V a concluir una tregua de ocho años con el nuevo Rey castellano. Acordada el 31 de mayo de 1370, incluía también a Fez y abrió un largo periodo de paz de más de dos decenios mantenido por sucesivos pactos (1375, 1378), a pesar de diversos incidentes y escaramuzas de una y otra parte de la frontera. Muḥammad V llegó a dejar de pagar tributo en 1370-1371.
Por lo que respecta a Aragón, tras prorrogar el tratado de 1369 con dos treguas de 1375 a 1376 mientras se desarrollaban negociaciones para renovar las paces, se concluyó un nuevo tratado de carácter comercial y ayuda militar.
Tras la muerte de Enrique II en 1379 y el consiguiente fin de la vigencia de la tregua, tropas nazaríes atacaron Quesada y capturaron numerosos cautivos y botín, pero el hijo del rey castellano, Juan I, absorbido por otros conflictos, tuvo que mantener la paz con Muḥammad V. En 1390 se renovó el tratado y durante todos estos años el emir nazarí consideró que su situación de fortaleza no debía ser, como de costumbre, una ocasión para la guerra, sino una oportunidad para la paz y el desarrollo interior.
Hasta finales del siglo XIV, la dinastía islámica más importante para los Nazaríes fueron los Benimerines del Magrib Occidental. Muḥammad V comenzó manteniendo las relaciones en un tono de amistad y cordialidad. Y el cese de la intervención meriní en al-Andalus por sus propios conflictos internos propiciaron un punto de equilibrio entre ambos estados.
Pero Muḥammad V fue más allá y con el objetivo de mantener y garantizar la paz interior y la estabilidad, adoptó varias medidas de gran alcance que reafirmaban su independencia y superioridad frente a los Banū MarẒn.
En primer lugar, decidió acabar con el cargo de Šayj al-guzāt, jeque o jefe de los combatientes de la fe norteafricanos. Para ello, asumió el cargo directamente o a través de sus hijos, a los que nombró a pesar de su corta edad tras encarcelar al Šayj Yaḥyà b. cUmar el 26 de junio de 1363 en un calabozo de la alcazaba de Almuñécar; no obstante, la supresión definitiva del cargo se produjo hacia 1374. En segundo lugar, conquistó Gibraltar en 1374. En tercer lugar, aumentó la injerencia en el Gobierno de Fez, apoyando a diferentes candidatos al trono (que mantenía en Granada hasta el momento oportuno) y contribuyendo a las conspiraciones palaciegas para debilitar el Estado y entronizar sultanes afines. De esta manera, el emir granadino no solo consiguió con creces el objetivo nazarí de independizarse de los Benimerines, sino que, como observa Ibn Jaldūn, parecía que el Magrib se había convertido en una provincia del Imperio Nazarí.
En este contexto internacional, la fuerte posición de Muḥammad V le permitía recuperar una vieja empresa y sueño de la dinastía: el dominio de Ceuta, que consiguió el 25 marzo de 1384 mediante actuaciones políticas. Aunque ejerció la soberanía plena sobre ella y llegó a visitarla y acuñar moneda con ceca ceutí, no pudo mantenerla mucho tiempo en su poder y la perdió el 22 de febrero de 1387.
Con respecto al Magrib Central, los cAbd al-Wādíes de Tremecén habían sido tradicionales aliados de los Nazaríes, por lo que se intercambiaron regalos, embajadas y ayuda de forma habitual. También mantuvo relaciones diplomáticas con Túnez (se conserva abundante correspondencia epistolar de 1362 a 1368) y, sobre todo, el Egipto mameluco, poderoso y floreciente centro del mundo islámico por entonces.
Aunque en su primer reinado y con la dirección de su ḥāíib o chambelán Riḍwān ya realizó algunas mejoras, fue durante su segundo reinado cuando Muḥammad V realizó la mayoría y más importantes actuaciones en el interior del Estado.
Ya se ha hablado de la importante labor desarrollada en las estructuras defensivas mediante la reparación de las fortificaciones rurales y urbanas, la construcción de otras nuevas y el impulso de la marina.
Sin embargo, es en la arquitectura civil donde realizó las más bellas y espectaculares edificaciones, especialmente en las construcciones palatinas. El palacio más singular, considerado como una de las maravillas del mundo, el Palacio o Cuarto de los Leones de la Alhambra con su universalmente conocido patio, fue obra suya. Junto a este, otras de las cuatro más hermosas e importantes obras de la ciudad palatina se deben a él, como muestran las inscripciones conservadas en ellas: la fachada del Palacio de Comares, la sala y patio del Cuarto Dorado, remodelación y ampliación del Mexuar, fachada este de la Puerta del Vino, además de otras en diversos lugares de la Alhambra. En varias de estas estancias, donde Muḥammad V organizó refinadísimas fiestas áulicas, la esplendorosa decoración integra además los versos de la poesía epigráfica compuesta por los poetas-secretarios de alto nivel, como Ibn Zamrak, en honor del sultán.
Fuera del ámbito cortesano y la alta sociedad, se debe destacar que fundó un establecimiento de carácter social, el Māristān, un hospital benéfico construido de 1365 a 1367 y que exigió una cuantiosa inversión, en parte financiada con el elevado botín obtenido en sus victoriosas campañas militares. También hay que mencionar, en la capital, la nueva Alhóndiga (que en época cristiana se llamó Corral del Carbón), diversos aljibes y algún ḥammām (baño árabe), y en Málaga, sus atarazanas para las construcciones navales.
Con el objetivo de acercarse a sus súbditos y reforzar el funcionamiento de la justicia, concedía audiencia dieciséis días al mes para desempeñar el maẓālim (jurisdicción de apelación y resolución de injusticias), lo que duplicaba las dos audiencias semanales que solían realizar sus antecesores, como su padre Yūsuf I o el mismo Muḥammad I (1232-1273).
Se han conservado testimonios materiales de la activa labor del emir en la administración y la economía, como variados tipos de dahír o edicto (nombramientos, sentencias, confirmación de derechos) y diversos tipos de monedas de oro (dinares) acuñadas a su nombre.
Tuvo cinco hijos, cuatro varones y una mujer llamada Umm al-Fatḥ. Los cuatro varones fueron: Yūsuf (II), el primogénito y príncipe heredero, al que nombró jefe del cuerpo principal de combatientes de la fe norteafricanos y que nació durante su primer reinado; el segundo fue Abū l-Naîr Sacd, al que también nombró jefe pero del segundo cuerpo a pesar de su corta edad, y nació ya durante su segundo reinado, en los primeros años; el tercero, Naîr (padre del futuro Muḥammad IX del s. XV), y el cuarto, Abū cAbd Allāh Muḥammad. Con motivo del icdār o circuncisión de sus cuatro hijos y algunos nietos, Muḥammad V celebró fastuosas fiestas y los poetas oficiales compusieron solemnes casidas para la ocasión que luego quedaron epigrafiadas en los palacios alhambreños.
Muḥammad V falleció a la hora de la oración de la tarde, el 15 de enero de 1391 a temprana edad, pues murió a los pocos días de cumplir cincuenta y dos años, sin que se sepan las causas. Con más de treinta y cuatro años de reinado a sus espaldas y en la cumbre de su poder, dejaba a al-Andalus en una situación de seguridad y estabilidad gracias a las cuales el emirato nazarí alcanzó el mayor esplendor y florecimiento de sus doscientos sesenta años de historia.
Francisco Vidal Castro